martes, diciembre 28, 2010

Ética humanista Vs ética revolucionaria


El artículo de Carlos D Mesa muestra un importante cambio cualitativo en su pensamiento, una evolución del pensamiento neoliberal con el que logró la vicepresidencia de Bolivia hacia el pensamiento humanista que sostiene en el artículo "Ética humanista Vs ética revolucionaria".
Con la reproducción de "Ética humanista Vs ética revolucionaria" reconocemos la importancia de su contenido, sin comprometernos con el pasado del autor ya juzgado por el pueblo.

Ética humanista Vs ética revolucionaria

Por Carlos D. Mesa Gisbert - Periodista Invitado - 26/12/2010


Hay, con absoluta certeza, un horizonte democrático de alternancia en el poder, de justicia y equilibrio que limite las tentaciones totalitarias. Hay un futuro posible mejor que esos dos extremos a los que nos llevan siempre los discursos demagógicos. La ética revolucionaria es implacable y enemiga del humanismo. Ése es el meollo del problema
Doy vueltas y vueltas en torno a las razones que explican el momento que está viviendo el país y creo que es inevitable la conclusión de que confluyó un conjunto de elementos que lo hacían no sólo inevitable sino necesario. Pero no acabo de cerrar la idea de si se trata de la culminación de las transformaciones de 1952, idea que parece la más evidente y clara, o si por el contrario, se trata de un proceso diferenciado y de ruptura. A efectos de lo que vivimos, sin embargo, la reflexión puede ser innecesaria
Está claro que enlace o ruptura deben partir de la premisa de que en la historia no existen ni enlaces simplistas ni rupturas radicales. La continuidad de cualquier proceso social es más que evidente y la relación de causa y efecto siempre encadena los hechos. La reflexión tiene otra naturaleza y se refiere a aquellos elementos que nos condujeron a este desenlace.
Quizás uno de los aspectos más interesantes de este momento sea el contexto. Dado que llegó cuando en el continente la democracia es un valor reconocido intrínsecamente, el traumático final del sistema político y los valores inaugurados en 1982 tardó no sólo el periodo 2003-2006, sino que fue consumado hasta su práctica aniquilación hacia 2008.
Quienes llegaron desde fuera del sistema democrático y lo tomaron por asalto (valga la metáfora), no deseaban un camino democrático verdadero y se dieron cuenta muy pronto que bajo las reglas de juego de una democracia real era imposible la aplicación e imposición de la conquista del poder total.
Valga aquí una reflexión de fondo. Toda propuesta revolucionaria tiene dos objetivos últimos: el control absoluto de todos los poderes y la permanencia indefinida en el Gobierno. La argumentación es simple. La ética revolucionaria parte de la premisa de que lo que se está haciendo es la construcción de una sociedad ideal. Si se tiene éxito en esa construcción, sería absurdo que, conquistado el paraíso social, se lo entregue por la vía del voto a quienes pueden destruirlo. Como hoy vivimos tiempos distintos a los del siglo XX, el poder establecido inventa una nueva forma de “democracia” apañada en un puro celofán exterior que disfraza el autoritarismo. Se guardan las formas, a la vez que desde dentro se destruye la esencia de las instituciones democráticas y su fin, garantizar a los ciudadanos sus derechos básicos.
Esta abstracción se volvió experimento brutal a lo largo de la historia, pero muy especialmente en la centuria pasada, y ha demostrado ya su absoluto fracaso y su fin inevitable y generalmente terrible para quienes lo aplican y para quienes lo sufren. Hay un quiebre imposible de superar en ese intento estéril, el de la lucha por la libertad. La libertad es uno de los móviles más poderosos del ser humano. Todo argumento que ha tratado de supeditar la libertad individual como signo del egoísmo y mezquindad a favor del bienestar colectivo ha terminado destruyendo cuerpos, almas y vidas, y lo ha hecho de un modo tal que ha cobrado para lograrlo millones de vidas.
Ahora bien, es bueno subrayarlo –y aquí retomo el hilo de la reflexión– que la otra abstracción, la de la democracia vacía de contenidos reales, de búsqueda de justicia, inclusión e igualdad, termina donde termina. En países muy pobres y muy injustos, la democracia como única respuesta es insuficiente. El mercado salvaje, la libertad de empresa sin límites, el Estado autista son disparates tan grandes como el megaestado ineficiente y sin rumbo y los mecanismos trituradores de los poderosos que imponen un discurso estruendoso y único, y que proponen la hegemonía de unas “naciones” sobre “otras”.
El problema se da cuando se plantean falsos dilemas. Luchar contra el totalitarismo no es defender el capitalismo salvaje. Pelear por la libertad no es apoyarse en el individualismo secante. Hay, con absoluta certeza, un horizonte democrático de alternancia en el poder, de justicia y equilibrio que limite las tentaciones totalitarias. Hay un futuro posible mejor que esos dos extremos a los que nos llevan siempre los discursos demagógicos. La ética revolucionaria es implacable y enemiga del humanismo. Ése es el meollo del problema.
Quizás sea más duro y más largo hacer de la sociedad boliviana una sociedad mejor en libertad. Para ello ya hemos aprendido algunas lecciones que nos han enseñado quienes hoy gobiernan. El retrato de las mayorías no puede ser sólo un retrato, tiene que ser una verdad aplicada, algo que aún está muy lejos de ocurrir para esa mayoría, pero el camino sin duda está trazado. La movilidad de la sociedad, la conquista de la igualdad y el sentido de respeto al otro son tareas pendientes pero en pleno desarrollo. Desde antes de 2006, dirán muchos y tendrán razón, pero hacía falta explicitarlo. Lo que todavía no está claro es si la mayoría de nuestros compatriotas lo ha entendido, lo que sí lo está es que los métodos gubernamentales son los menos adecuados para lograrlo.
El cambio implica todos esos ingredientes siempre y cuando sepamos algo que no cambiará nunca, que el espíritu humano es indomable y que el ser humano integral sólo podrá existir cuando se combinen sabiamente la libertad individual con la libertad colectiva.

El autor fue Presidente de la República

miércoles, diciembre 22, 2010

Fracasos socialistas.


"El socialismo... el fracaso que triunfa" 
elinforme.com.ve > Opinión
18 de Diciembre 2010
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Un kibutz es una comunidad colectiva en Israel tradicionalmente basada en la agricultura, aunque estas han sido reemplazadas por plantas industriales y empresas técnicas en los últimos años.

El kibutz es una forma de vida comunal que combina el socialismo y el sionismo: el deseo de crear el Estado judío en la Palestina y regresar a la tierra y su cultivo.

Los kibbutzim ( plural de kibutz en hebreo ) no representan un escape de la sociedad, sino que fueron pioneros en la “conquista” de la Palestina por los judíos. Los miembros de los kibbutzim jugaron un papel de “colonizadores” del territorio palestino al fundarse el Estado de Israel.

Ha habido varias olas de inmigración judía desde 1880 que se constituyeron como colonias agrícolas en Israel organizadas como cooperativas socialistas.

En 1909, Yossef Baratz estableció con 9 hombres y 2 mujeres una comunidad llamada Degania–la cual se convirtió en el primer kibutz–y en su libro “A Village by the Jordan” proclamo en 1956: “Creemos que no debe haber empleados ni patronales en lo absoluto...debe haber un camino mejor”.

Nuevas olas de emigrantes judíos con más experiencia en la agricultura llegaron a la Palestina en la década de 1920 para integrarse en la fundación de nuevos y mayores kibbutzim con una creencia más firme de que “el socialismo voluntario serviría de modelo al resto del mundo”.

Los kibbutzim experimentaron una mejoría en sus condiciones de vida en los primeras décadas después de la independencia de Israel y en los años 60 habían llegado a tener un acelerado grado de desarrollo.

El número de kibutz llegó a 270 y contaban con 130.000 personas en su esplendor pero nunca constituyeron más allá del 3 al 5 % de la población israelita. El prestigio político que los kibbutzim disfrutaron en los 60 quedó demostrado en el Parlamento Israelita cuando 15% de sus miembros eran ex miembros de los kibbutzim.

Los primeros kibbutzim tenían en mente algo más que ser simple granjeros en la Palestina. Querían crear una nueva sociedad donde todos eran iguales sin ser “explotados”. Deseaban ser independientes de las patronales y empresarios poseyendo las propiedades en común y que cada miembro produjera de acuerdo a sus habilidades y consumiera para satisfacer justamente sus necesidades.

Sin embargo, los kibbutzim no tenían por objeto imponer sus creencias y practicas socialistas al resto de la población y funcionaron como organizaciones comunitarias dentro de un medio ambiente de propiedad privada en el resto de Israel.

En el kibutz, el principio de la igualdad se seguía seriamente y el socialismo se logró en su plenitud: nadie poseía sus propias herramientas, los regalos recibidos de afuera eran entregados a la administración. Se rotaban las obligaciones y trabajos, se compartían las comidas en los comedores comunitarios, sus alberges eran idénticos y los niños eran cuidados en los centros especiales educacionales con poco contacto físico con los padres.

Para inculcar el espíritu comunitario, las comidas se servían en mesas donde los esposos no se sentaban juntos y algunos utensilios de cocina no se permitían pues podía conducir a la reunión de los esposos.

Los miembros de los kibbutzim no poseían cuentas de banco propias y raramente tenían contacto con el dinero y los medios eran distribuidos equitativamente. Las compras en las cantinas debían ser aprobadas por el comité a cargo.

Los miembros participaban en asambleas generales semanales en donde cada uno podía intervenir. Las decisiones más primordiales de cada kibutz se aprobaban por consenso o mediante el voto, a menudo con escasas audiencias, mientras que las actividades de “a diario” eran señaladas por los dirigentes y anunciadas en tablillas colocadas en los comedores comunitarios.

Acompañaban a estas asambleas extensos comentarios acerca de ciertos elementos calificados como “parásitos” quienes abusaban de la propiedad comunitaria y no se esforzaban en sus obligaciones laborales.

Uno de los temores más debatidos en los kibbutzim era el nacimiento de un niño(a) y el ineterrogante que surgía era el de ¿quién estaría a cargo de este nuevo miembro a partir de su nacimiento?.

La respuesta en general fue que pertenecía a todos y algunas mujeres amamantaban a los neonatos sin ser sus propios hijos.

En la década de 1920, los kibbutzim iniciaron un proyecto conocido como “Las Sociedades de los Niños” donde enfermeros y maestros funcionarían como mejores crianderos que los propios padres. Los padres no podían acostar a sus hijos y por lo general no los veían por periodos extensos, excepto de forma casual.

Creyeron que de esta manera librarían a las madres de lo que se le llamó la “tragedia biológica” de dedicar horas a educar a sus proles y así podrían estar libres para cumplir con las obligaciones laborales o disfrutar de periodos de esparcimiento.

Esto era de gran prioridad, ya que el número de mujeres en los kibbutziim era superior al de los hombres en la mayoría de los casos.

Platón en su obra “La Republica” subraya que un factor contribuyente al socialismo es mantener a los hijos separados de los padres ya que la “familia” contribuye a querellas que surgen de ser propietarios y de tener lazos familiares.

Sin embargo, las mujeres ya nacidas y/o criadas en los kibbutzim eran reacias a participar en las obligaciones impuestas por las “Sociedades de los Niños” y pusieron fin a las mismas.

Algunos de los jóvenes producto de este experimento expresaron más tarde: “dándonos de mamar cada cuatro horas y pudiendo llorar para que se desarrollaran nuestro pulmones, crecimos sin esa seguridad vital que se necesita para la supervivencia....fuimos educados para que fuéramos iguales...pero éramos realmente diferentes... Al llegar la noche los adultos apagaban las luces y se marchaban. Y uno sabia que se orinaría en la cama ya que teníamos miedo de ir solos al cuarto de aseo” (Gavron Daniel “The Kibbutz: Awakening from Utopia”. Rowman & Littlefield, Lanham 2000).

Uno de los ejemplos más radicales para eliminar desde una edad temprana la idea de la posesión de bienes propios fue la de los kibbutzim. En estas comunas los niños no tenían nada de su propiedad incluida la ropa interior.

Algunos autores como Spin, Batleheim y Baizerran han investigado el impacto psicológico de la vida comunitaria de los kibbutzim y han concluido que los niños y jóvenes en estas comunidades tuvieron grandes dificultades en establecer amistades, lograr madurez en las relaciones intimas y en vínculos que conllevan al matrimonio y a la formación de familias.

Estas capacidades se calificaban como “sentimientos egoístas”. No podían enamorarse porque se les había enseñado que este sentimiento implica “posesión”. No debían ser poetas porque la poesía era algo que solo “unas personas” disfrutarían. No hay duda que fueron excelentes militares ya que se sacrificaban por el “bien común”.

Para esta época, la tercera generación de los kibbutzim comenzó el éxodo de la vida comunitaria.

En los kibbutzim las relaciones padres/hijos fueron mancilladas de ex-profeso y la educación escolar se llevaba a cabo con el propósito de inculcar desde bien joven los principios socialistas.

La rebelión contra la educación comunitaria de los niños fue una de las principales causas del fracaso de los kibbutzim como experimento socialista.
Muchos de los niños nacidos y criados en los kibbutzim no quisieron que sus propios hijos siguieran la tradición educacional del pasado.

Este cambio en la actividad y el pensamiento produjo modificaciones en la construcción de viviendas y su distribución, la desaparición de comedores populares y el surgimiento de pequeñas bodegas dentro de los recintos de los kibbutzim.

Este cambio trajo también un resurgimiento del individualismo contrario a los más básicos principios socialistas de los kibbutzim.

A medida que nuevas generaciones nacieron y crecieron, los kibbutzim experimentaron cambios en la organización y cultura y la identificación de sus nuevos miembros con sus propósitos y fines originales fueron a menos.

La época de gloria de los kibbutzim fueron los años 80, aunque en 1977 Menachem Begin fue elegido Primer Ministro de Israel y puso coto a la política del Partido Laboral Israelita desde la fundación de este como Estado judío de subvencionar a los kibbutzim. Begin suspendió la ayuda económica estatal y los contratos gubernamentales con estas instituciones colectivas.

En el periodo de los 80 se vio un despunte de la inflación en Israel y los kibbutzim se vieron en la necesidad de gestionar prestamos que más tarde no podrían pagar como consecuencia de inversiones no rentables en el mercado de valores, que naturalmente era un campo sobre el que carecían de experiencia.

La situación económica en Israel de los 80 contribuyó a la insolvencia de los kibbutzim, pero para entonces el país ya no tenía que depender de ellos para su desarrollo y seguridad como lo había hecho en décadas anteriores.

En la misma década se produce otro cambio en los kibuutzim: se instituye el bono monetario individual que podía ser utilizado en la satisfacción de los deseos individuales de sus miembros.

Había comenzado el cambio hacia la existencia de la propiedad privada.
Algunos de sus miembros comenzaron a trabajar por su propia cuenta (cuentapropistas) fuera de los kibbutzim, lo que los puso en contacto con el mundo de la iniciativa privada.

Estas actividades acentuaron las diferencias que existían entre la individualidad y el colectivismo de los kibbutzim, afectando directamente el incentivo al trabajo comunitario-.

Factores económicos externos a los kibbutzim forzaron a que los dirigentes tuvieran que remunerar a los miembros de los kibbutzim por horas prolongadas de trabajo y más tarde muchos de los servicios y bienes fueron paulatinamente privatizados llegando algunos a borrar de sus rótulos la palabra “kibbutzim”.

Aquellos que dejaban la vida comunal eran por lo general los miembros más productivos y para conservar cierta fuerza laboral los dirigentes tuvieron que contratar trabajadores sin vínculos a los kibbutzim y establecer diferentes tarifas de salarios de acuerdo al nivel de trabajo.

Los miembros de los kibutzim también descubrieron con el tiempo que la autosuficiencia económica era imposible en las actividades agrícolas y en la inversión de capital, y en la actualidad se han visto en la necesidad de asalariar a palestinos como fuerza laboral y los kibbutzim están involucrados en actividades comerciales de índole turística y de servicios.

Después de varias décadas de socialismo voluntario, los kibbutzim están abandonando los principios socialistas y han iniciado proyectos capitalistas para lograr ciento éxito económico al fomentar más la industria que la agricultura y permitir que los esfuerzos empresariales privados fomenten la creación de factorías, hoteles, centros turísticos y comerciales.

En abril de 2001, el periódico Jerusalem Post reportó que uno de los kibbutzim en el centro del país se desmantelaba para convertirse en una comunidad donde cada miembro fuese dueño de su vivienda y poseyese acciones de la factoría, mientras vendían sus tierras para pagar la deuda comunitaria.

Un miembro ya anciano del kibbutz Kinneset expresó: “Tratamos de cambiar la naturaleza humana y crear un nuevo ser humano. Para mi pesar, el kibutz no tuvo ningún éxito en esa campaña”.

Arthurdale

La cuarta y última instancia en establecer voluntariamente una sociedad socialista, aunque bajo los auspicios del Estado, fue Arthurdale en el condado de Preston en el Estado de la Virginia Occidental ( West Virginia ) en los EE.UU.

La situación económica en el noroeste del estado de West Virginia en los Estados Unidos había sufrido un gran reverso en 1932. Esta zona de Norteamérica había sido un gigantesco centro de la minería carbonífera que en el año 1921 contaba con 37 minas en manos de 33 compañías en un territorio de 5 millas conocido como Scotts Run.

En 1932 el precio del carbón en los mercados sufrió los efectos combinados del fin de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión del 29, produciéndose el cierre de estas minas y despidos laborales que empobrecieron a los mineros y sus familias, lo que coincidió con el hecho de que las agencias estatales y entidades religiosas no contaban con los recursos necesarios para aliviar las nuevas condiciones económicas prevalentes.

En 1933, a la Sra. Lorena Hickok, amiga intima de la Primera Dama Eleonor Roosevelt, se le encomendó realizar una gira por Morgantown en el noroeste de West Virginia y el resto de los Apalaches y observar de cerca las condiciones de vida de los mineros afectados por los cambios que había sufrido la industria del carbón.

Al finalizar tal periplo, esta Sra. informó a la Primera Dama que las condiciones de vida existentes “no hubieran sido recomendadas ni para los cerdos” y que podrían acarrear graves consecuencias sociales más adelante.

Como resultado de esta impresión alarmante de la Sra. Hickok, la esposa del presidente se trasladó a la región en agosto de 1933 para ver personalmente la situación imperante.

Después de dos semanas, la Sra. Roosevelt anunció la creación de la primera comunidad planificada por el Estado americano compuesta de mineros desplazados del campo Scotts Run. Este proyecto gubernamental fue asignado al Ministerio del Interior con el nombre de Arthurdale, siendo el Sr. Harold Ickes quien ocupaba tal cartera estatal.

En 1934 Arthurdale fue la primera de muchas otras comunidades similares previstas por la administración de Franklin D. Rooselvet. (FDR). Otras fueron Pendelea Homestead en Carolina del Norte y Austin Homestead en Minnesota.

El objetivo teórico de tal comunidad era congregar trabajadores agrícolas y mineros del carbón de escasos medios en un medio ambiente rural donde pudieran permanecer empleados y auto abastecerse económicamente.

La Sra. Rooselvet asumió la planificación e implementación de Arthurdale como algo personal y actuando como “encargada” ordenó que las construcciones de casas y edificios de la comunidad cumpliesen con las últimas medidas en materia de construcción, se atrajeran industrias y se vigilara que los gastos no excedieran el presupuesto asignado a tal empresa por el Estado.

Ni corta ni perezosa la Sra. Roosevelt envió una carta al senador republicano George Norris en la que solicitaba la adquisición de 1.000 acres en el estado de West Virginia que pertenecían a un ciudadano cuyo nombre era Richard Arthur, que no había podido pagar los impuestos sobre su finca. La Primera Dama había asegurado que esta inversión no sería sufragada por los contribuyentes, sino que se pagaría por sí misma en el corto plazo.

Poco más tarde era obvio que esta franja de tierra no satisfacía las condiciones para ser habitada en la forma masiva como había sido planeada por los burócratas gubernamentales, debido a las características porosas del subsuelo y las dificultades de proveer el suministro de agua potable a dicha zona.

Como otros programas gubernamentales, este se inició precipitadamente con la compra de 50 casas de verano prefabricadas, totalmente inadecuadas para el clima de West Virginia y sin las dimensiones apropiadas para que cupieran dentro de las zapatas que ya se habían construido. Por lo tanto una serie de arquitectos fueron traídos desde New York para que rehicieran las casas y las acomodaran al clima de la región y a las dimensiones apropiadas, lo cual atrasó el proyecto unos 6 meses.

El interior de la casas se amuebló de una manera lujosa, flores fueron traídas para adornar los jardines y pozos de agua fueron fabricados a un costo que malamente la nación americana podía solventar durante los años que siguieron a la depresión del 29. El Ministro del Interior Ickes hizo referencia a este gasto al comentar: “Hemos gastado dinero en Arthurdale como marineros embriagados”.

A mediados de 1934, los primeros “colonizadores” se habían establecido y más tarde Arthurdale llegó a ser una comunidad de 165 casas. El costo original calculado por la Primera Dama había sido de 2.000 dólares por unidad, pero el costo final llegó a ser de 16.625 dólares cada una. Indiscutiblemente, el presupuesto para instituir esta comunidad planificada había sido sobrepasado de una manera extraordinaria pero ningún funcionario que había participado en la evaluación inicial fue despedido y el proyecto continúo a toda marcha.

A pesar de todo la Sra. Rooselvet consideró a Arthurdale un experimento social que marcaria los inicios de un nuevo tipo de vida donde se forjaría el “nuevo hombre americano”.

Los “colonizadores” de Arthurdale habían sido convertidos de una manera imperceptible en miembros del sistema benefactor estatal, llegando al punto de llevar al ómnibus escolar para que fuese reparado en el taller de la Casa Blanca situado a 200 millas, antes que intentar su arreglo en Arthurdale.

Este experimento social partía del concepto de integrar la familia, el trabajo y la comunidad que había sido manifestado por M.L. Wilson, un economista agrario que encabezó la “División de Colonias Subsidiadas” creada por FDR en 1933.

El propósito de estas “colonias” subsidiadas era combinar en un solo programa la descentralización industrial, la relocalización de la fuerza laboral y lograr la agricultura de sustento para balancear las vidas rurales y urbanas, lo cual brindaría las ventajas de una nueva estructura de civilización.

En cada colonia cientos de familias dispondrían de financiamiento para adquirir casas nuevas con suficiente tierra (5 acres) para actividades agrícolas localizadas alrededor de plantas industriales donde sus miembros podrían ser empleados. Una perfecta combinación de vida rural y urbana que sería un ejemplo para su diversificación más tarde en todo los Estados Unidos.

El objeto central de las “colonias subsidiadas” es la cooperación– crear cooperativas entre los “colonizadores” para lograr la formación de unidades sociales y económicas que menoscabaran el individualismo-.

Estas ideas dieron a los estadounidenses de la época la oportunidad de creer en la iniciativa empresarial mientras eran reclutados en un sistema benefactor estatal que regularía sus futuros.

En junio de 1934 las primeras 50 familias se trasladaron a sus nuevas residencias en Arthurdale. Sus actividades diarias fueron organizadas por los dirigentes administrativos gubernamentales para unificar la ideología comunitaria con la del pionero colonizador y lograr el propósito anunciado por la Sra. Roosevelt: “Hay que ensenarles a los colonizadores como vivir”.

Las labores de los pioneros fueron asignadas de acuerdo al sexo donde los hombres se dedicaron principalmente a las labores agrícolas, mientras las mujeres se ocupaban de preparar las comidas de las escuelas, envasar productos de conservas alimenticias y acudir a clases para aprender a tejer.

Para dirigir la educación de los niños, la Sra. Roosevelt eligió a la pedagoga Elsie Ripley Clapp quien había sido discípula y asistente de John Dewey en la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York. El catedrático Dewey sostenía la creencia que para los Estados Unidos sobrevivir era necesario que la “democracia americana” fuera transformada revolucionariamente primero en el campo educacional para mas tarde llegar a la “revolución social económica”.

En Arthurdale la Sra. Clapp implementó un sistema de enseñanza que “cumplía una función social” siguiendo las orientaciones de Dewey.

Este sistema consistía de un plan de estudios que interpreta a las actividades y necesidades comunitarias como el laboratorio donde los alumnos adquieren sus experiencias y conocimientos educacionales. Los problemas de la vida corriente son los que proveen la currícula, en lugar de los tradicionales tópicos escolares.

La Sra. Clapp intentó iniciar la enseñanza de niños a partir de la edad de 2 años, así como reeducar a los padres en todos los aspectos de la crianza de éstos. Según ella estas intenciones se lograrían: “al extraer impedimentos físicos y mentales y remplazarlos con nuevas actitudes que los ayudarían”.

Muchos de los estudiantes en Arthurdale se convirtieron en profesionales, aunque algunos tuvieron dificultades el lograr un nivel universitario pues la enseñanza secundaria en Arthurdale no había sido reconocida y acreditada legalmente por el estado de West Virginia.

La organización de la enseñanza en Arthurdale era tal que los participes carecían de una idea clara de su progreso y no podían saber con certeza el nivel qué habían alcanzado en un momento dado. Esta incertidumbre esta agudizada por la gran variedad de cursos disponibles sin una currícula concordante con una enseñanza secundaria unificada.

Una vez que el sistema educacional fue inaugurado y establecido algunas de las familias de Arthurdale decidieron no enviar sus hijos a las escuelas de Ms. Clapp y los matricularon en el sistema educativo de Masontown (pueblo adyacente a Arthurdale).

Sin embargo, hoy en día muchos de los antiguos alumnos de Arthurdale opinan que la currícula que habían utilizado les había sido beneficiosa.

Mas tarde, poco a poco el plan de estudios fue transformándose y gravitó hacia los de los distritos escolares adyacentes, satisfaciendo así los requisitos necesarios para la acreditación estatal.

Esto sucedió al cambiar los administradores originales y ante la falta de recursos monetarios estatales procedentes de Washington D.C. y el deseo de los padres de que sus hijos acudieran a escuelas que impartieran enseñanzas “tradicionales”.

Aunque la Sra. Roosevelt había logrado que algunas firmas industriales localizaran plantas manufactureras en Arthurdale, tales como General Electric, solo Sterling Faucet permaneció por largo tiempo lo cual limito el número de plazas de trabajo fuera del campo agrícola.

Al mismo tiempo, la mayor parte de las familias en Arthurdale se percató de que no podía subsistir con lo que lograba en sus cultivos y se convirtió en dependiente del sistema benefactor estatal.

A finales de la década de 1930, Arthurdale había perdido el apoyo financiero de Washington DC y la Sra. Roosevelt no había logrado el sostén político para prolongar la existencia del proyecto que tanto había anhelado. En 1941 Arthurdale fue privatizado totalmente y todas las propiedades estatales fueron vendidas, con pérdida a los “colonizadores”. El experimento de Arthurdale había llegado a su final.

En 1985 se fundó una organización que se ha dedicado a mantener muchas de las construcciones originales de Arthurdale las cuales se pueden visitar hoy día.
En 1961 la Sra. Roosevelt visitó Arthurdale por última vez con el objeto de inaugurar una iglesia presbiterana.

En los kibbutzim asi como en la Nueva Armonía de Owen y los emplazamientos originales de los colonizadores del Mayflower y de Arthurdale, no existió la coerción; sin embargo, una vez que la vida socialista fue experimentada en su plenitud la mayor parte de sus miembros eligieron “democráticamente” abandonarla o abolirla.

Al considerar la reacción de los participes en la organización socialista de vida que existió en las cuatros situaciones presentadas aquí, uno debe indagar lo siguiente referente al socialismo: ¿Cómo una idea tan incongruente con la naturaleza humana ha logrado captar la mente de las masas de una manera tan rápida y efectiva?

¿Cómo esta idea que invoca tantos sentimientos humanos “nobles” ha dado lugar a los regímenes estatales más crueles en la historia de la humanidad?

La gran diferencia entre el individualismo y el socialismo es que el primero permite experimentar con el segundo mientras que el socialismo no da cabida a aquellos que prefieren vivir dentro del marco de la libre iniciativa personal.

“Si el socialismo va en contra de la naturaleza humana, nosotros cambiaremos la naturaleza humana” dice un slogan marxista. Muchos seres humanos creen que es indigno robar, asesinar o torturar para su propio beneficio pero es una virtud hacerlo en bien de los demás. Nos dicen los socialistas: no puede recurrir a la brutalidad para su provecho, pero siga adelante si es necesario para “ayudar” a los demás. Quizás la opinión más repugnante que uno oye a veces en boca de intelectuales socialistas sea: “Seguro, Stalin asesinó a millones pero es justificable porque fue en beneficio de las masas”.

Jamás consideré a los socialistas como “sinceros aunque equivocados idealistas”. El propósito de esclavizar a algunos seres humanos para el bien de otros no es un ideal. La brutalidad no es idealista y no importa cuáles son sus propósitos. Nunca digamos que el anhelo de “hacer bien” por la fuerza es un buen motivo. Ni el deseo del poder absoluto ni el atropello contra los semejantes son buenos motivos.

Sospechemos siempre de aquellos que a través del socialismo nos prometen el paraíso en la tierra y nos quieren conducir hacia el “mar de la felicidad”.

Las utopías imaginarias de Platón, Tomas Moore y demás socialistas tienen que contar con la coerción para perpetuar sus fines pues aun por los medios voluntarios y pacíficos el socialismo ha sido un fracaso ya que de una u otra forma nos lleva de una manera inexorable a la miseria total.

Ricardo E. Calvo

miércoles, noviembre 03, 2010

Una propuesta política para la Nueva Civilización



Tomás Hirsch

Hace 2 años, en este mismo lugar, durante el 1er Simposio del Centro Mundial de Estudios Humanistas, hablamos sobre ética y acción política. En aquella ocasión comenzamos diciendo: “Hoy en día las relaciones entre ética y política son muy complejas y hasta tortuosas. A tal punto que ambas parecen constituir universos antagónicos y en apariencia incompatibles entre sí".

"La política es la única actividad que pareciera regirse por una suerte de pragmatismo que depende casi por completo de las conveniencias coyunturales”.

Hoy nos invitan nuevamente a hablar de política, esta vez como fundamento para una nueva civilización. No está fácil, después de lo que dijimos en aquella oportunidad y sobre todo cuando constatamos que esa crisis se sigue profundizando cada día más.

Sin embargo, queriendo avanzar hacia una nueva civilización, y habiendo hecho de la política nuestra forma de acción humanizadora, intentemos esbozar un lineamiento para esta acción política de cara a esa nueva civilización con la que todos soñamos.

Bien, pero comencemos con una pregunta: Si la dirección que ha tomado el sistema que nos incluye fuese destructiva, como parece indicarnos la experiencia cotidiana, ¿qué podemos hacer para modificarla? Pregunta difícil de responder. Más aún hoy, cuando ese sistema ya no es local sino global: ya no se trata de un país o de una región sino que del mundo entero.

Esta no es la primera vez que el ser humano se encuentra en una encrucijada histórica parecida, esto ha sucedido muchas veces antes. Diferentes civilizaciones fueron reemplazadas, unas por otras. Lo distinto está en que ahora no hay una civilización afuera de la crisis que pueda dar las respuestas necesarias. En un mundo globalizado no hay nadie “afuera” de esa crisis. Entonces, la respuesta no vendrá de afuera, ni tampoco podrá venir de ciertos líderes iluminados que la impongan desde arriba a las poblaciones; en una época de mundialización, la respuesta necesariamente la deberán encontrar los pueblos en su conjunto, como verdaderos protagonistas de la Historia.

Hasta ahora el Ser Humano nunca ha logrado desprenderse del comportamiento agresivo, y las sociedades que ha creado siguen estando marcadas por la violencia. ¿Es posible erradicar la maldición de la violencia desde las sociedades humanas? A la luz de la experiencia histórica, estaríamos tentados a decir que no, que se trata de una esperanza ilusoria. Sin embargo, también es cierto que en distintos momentos han existido personas y causas que alcanzaron sus objetivos sin recorrer el camino de la sangre y la destrucción; ellos nos sirven de modelos o referencias vivas para orientar nuestra acción.

Establezcamos desde ya con claridad que una nueva civilización necesariamente deberá ser una civilización no violenta.

Y un nuevo referente, político o social, diseñado para una nueva civilización, deberá sustentarse en dos pilares fundamentales: poner al ser humano como centro, por encima de cualquier otro valor, y su forma de acción ha de ser no violenta. Además, respecto del método de análisis de la realidad social, es necesario incorporar a la subjetividad humana dentro de los factores relevantes que impulsan cualquier proceso de cambios.

Afirmamos que el principal indicador para medir el éxito de una nueva forma de hacer política ha de ser el retroceso de la violencia, hasta su completa desaparición desde la convivencia social.

Porque, ¿Cómo puede ser posible que unas minorías impongan condiciones francamente desventajosas para el conjunto y esas mayorías ni siquiera intenten oponerse? La respuesta es muy simple: lo que sucede es que no hay real democracia y, en estricto rigor, las mayorías no están decidiendo nada importante.

La democracia se sustenta en el equilibrio de poderes y en el contrapeso que establece una sociedad civil fuerte y organizada para limitar al Estado y al paraestado y controlar su funcionamiento. Cuando un poder queda fuera de control porque no existen contrapoderes que lo regulen, el equilibrio se rompe y el sistema democrático se distorsiona completamente adquiriendo un carácter puramente formal, ya que las decisiones que estaban en manos del pueblo en su conjunto pasan a radicarse en ese poder desbocado en manos de una minoría. Este es el caso del poder económico.

Una dificultad adicional es: ¿Qué contrapeso podemos oponer al totalitarismo del capital financiero para limitar su acción, cuando ni siquiera alcanzamos a percatarnos de su existencia y de su alcance?

El Estado se encuentra desacreditado, debilitado y se ha convertido en dócil instrumento de esta nueva tiranía. Y por otra parte, el tejido social, que era la base del poder de las poblaciones, se encuentra totalmente desintegrado.

Para lograr el urgente propósito de contener al capital financiero es necesario levantar contrapoderes que le arrebaten el dominio absoluto que hoy ejerce, de modo que las sociedades consigan recuperar su soberanía e independencia. En principio, existen sólo dos vías para crear esos contrapesos: por una parte, recuperando la autonomía del Estado a través de la lucha electoral y en segundo lugar, reconstruyendo el tejido social y la organización ciudadana mediante un trabajo intencional en la base, capaz de articular un auténtico movimiento social. Así, el Estado podrá encuadrar al capital mientras que la comunidad organizada encuadrará al Estado, regulando al poder estatal.

Las transformaciones sociales y económicas que se requieren deben orientarse a impedir cualquier forma de concentración de poder. Ese es el gran desafío; eliminar toda forma de concentración de poder. Y en esa dirección apuntan la superación de la democracia representativa por una plebiscitaria, la regionalización efectiva y la empresa de propiedad de sus trabajadores, todas políticas necesarias en una nueva civilización.

Una nueva civilización debería aspirar a construir una nación humana universal, que básicamente consiste en una confederación de naciones, multiétnica, multicultural, multiconfesional; se trata de la convergencia de la diversidad humana. Para que ese nuevo mundo se consolide, se hace urgente y necesario modificar radicalmente el sistema de relaciones sociales y económicas que hoy nos rige. Ha llegado entonces el momento de poner a la economía al servicio del ser humano y no al ser humano al servicio de un orden económico aberrante.

Es muy importante comprender que no se trata de una cuestión de modelos sino que de prioridades. La salud y la educación son necesidades humanas básicas y, como tales, se constituyen en derechos humanos inalienables que deben ser asegurados igualitariamente. La verdadera revolución es, en el fondo, un asunto muy poco vistoso pero profundamente significativo de reordenamiento de prioridades, poniendo a la salud y la educación en el primer lugar. Y por el momento, el Estado parece ser la única entidad que puede asegurarlo, así es que la sociedad debe proveer los recursos necesarios para que cumpla su función sin postergación y con la máxima excelencia.

En lo económico, una nueva civilización deberá tener la forma de una economía mixta en la que el Estado opera, podríamos decir, en consenso con el mercado, estableciendo un nuevo contrato social con los actores privados, entendidos ahora ya no como sectores antagónicos o competidores sino que complementarios y sinérgicos. No estamos propiciando, de ningún modo, un regreso al estatismo sino que proponiendo la construcción de un gran acuerdo público-privado para actuar en convergencia. El Estado puede planificar y coordinar muchas cosas y eso no necesariamente significa centralizar la economía. Se trata de incentivar, de financiar, de premiar lo que conviene y castigar lo que no conviene al conjunto, disolviendo cualquier forma de monopolio.

Debemos ahora reflexionar sobre la cuestión del poder.

Siempre que se habla de democracia, se la asocia obligadamente a la representatividad, como si existiera allí una frontera infranqueable para la imaginación, que pareciera no atreverse a ir más allá de esos límites. Por su parte, la clase política, temerosa de ser desplazada, se encarga de reforzar esa vacilación martillando sin pausas acerca de la imposibilidad de gobernar sin partidos ni representantes. ¿Qué innovaciones seremos capaces de proponer para superar esta dura prueba que enfrenta hoy la democracia?

Cuando los partidos políticos se vinculaban realmente a los pueblos, recogiendo y expresando las distintas sensibilidades colectivas que estaban en juego, entonces tenían legitimidad y reconocimiento social. Pero cuando sólo les interesó el poder, perdieron su autoridad como intérpretes y portavoces de la realidad social, que era su único capital político. Entonces, esos referentes se convirtieron en máquinas electorales productoras de funcionarios públicos y abandonaron el vínculo directo con aquellos pueblos y sus problemas, para optar por una relación intermediada.

En realidad, la democracia recuperará su alma cuando el pueblo vuelva a ser el protagonista. Pero esa energía colectiva va a manifestarse en plenitud sólo cuando dicha participación sea sinónimo de decisión, cosa que se hará efectiva si se ponen en marcha ciertas transformaciones de fondo al sistema democrático orientadas a traspasar a la comunidad organizada niveles de decisión cada vez más altos.

La fórmula de un Estado fuerte y un pueblo débil desembocó en los totalitarismos estatales que aplastaban la libertad a través de la violencia institucional. Un Estado débil y un pueblo débil han generado un vacío de poder que permitió la irrupción de un ilegítimo estado paralelo en manos del poder financiero internacional, el que mantiene “secuestradas” a las sociedades mediante la imposición de condiciones de violencia económica generalizada. Un Estado y un pueblo fuertes podrían establecer entre ellos un equilibrio dinámico de poderes. Pero, en la medida en que las comunidades adecuadamente coordinadas vayan aumentando su poder real, el dominio estatal disminuirá proporcionalmente y la organización colectiva se irá acercando cada vez más al ideal de una democracia directa. Y cuando los pueblos sean capaces de tomar todas las decisiones respecto de aquello que los incluye directamente, entonces la libertad dejará de ser una mera palabra para convertirse en realidad social, largamente anhelada y duramente conquistada.

Si antes se pretendió, erradamente, hacer la revolución prescindiendo de la conciencia humana, hoy la revolución es, antes que nada, un acto de conciencia. Las comunidades se verán enfrentadas al desafío de crear nuevas formas de organización en la base social. Será necesario encontrar un nuevo tipo de organización, mucho más flexible y capaz de responder dinámicamente a los esfuerzos que le exigirá la situación de inestabilidad social generalizada. Estamos seguros de que esas nuevas orgánicas estarán muy lejos de la morfología piramidal y jerárquica tan propia de esta prehistoria que queremos abandonar y superar. Entonces, las relaciones verticales de subordinación serán reemplazadas por una red de vínculos de coordinación entre funciones diversas, sin un centro manifiesto del cual, más de alguno, pudiera querer apoderarse para gobernar a todo el conjunto.

Proponemos avanzar hacia modos de autogestión popular que impidan, desde su génesis, cualquier forma de dominación. El cambio verdadero no es el reemplazo de un poderoso por otro, de un dominador por otro, sino la total ausencia de poderosos y la superación definitiva de un orden social que implique dominadores y dominados.

Los humanistas siempre hemos tenido especial cuidado en considerar al poder político sólo como un medio más —en ningún caso el único, ni siquiera el más importante— para llevar adelante una revolución que, entre otras cosas, aspira a desarticular para siempre la relación perversa entre poder y violencia a través de formas de acción y de lucha no-violentas.
Una revolución social humanista se caracteriza, básicamente, por una reorientación de todo el sistema, de la acumulación a la distribución. En una sociedad auténticamente humana el empeño estará puesto en mejorar radicalmente las condiciones de vida de los pueblos por encima de cualquier otro interés. Una revolución política significa básicamente la desconcentración del poder.

De acuerdo con nuestra concepción, esas verdaderas redes intencionales que son los conjuntos humanos no requieren de ninguna conducción ni estimulación externas a su propia iniciativa, sino que de una adecuada coordinación. Es importante que se entienda bien la diferencia: si consideramos a los seres humanos como conciencias activas, que no sólo reflejan el mundo sino que están siempre en situación de transformarlo, entonces se vuelve por completo ilegítimo interferir en ese proceso desde afuera porque lo que está en juego es la misma libertad humana.

Entonces proponemos avanzar hacia un Estado coordinador, facilitador. Este rol activo pero no coercitivo del Estado, no tiene nada que ver con esa suerte de ausencia o parálisis estatal que propugna el neoliberalismo, sobre todo porque no se produce ningún vacío de poder, al estar éste íntegramente radicado en la comunidad organizada.

De aquí en adelante, todo el tema ha de ser la reorganización de la base social, de modo que la potestad allí encarnada pueda manifestarse con todo su potencial. Sospechamos, con esperanza y entusiasmo, que serán las nuevas generaciones que aparecen ya en el horizonte, las que llevarán adelante este desafío, que no es otro que el de la superación del sufrimiento que hoy afecta a millones, para avanzar hacia la tan anhelada Nación Humana Universal.

Tomás Hirsch, vive en Santiago de Chile, es miembro del equipo promotor del Partido Humanista Internacional. Fue vocero del Nuevo Humanismo para Latinoamérica y anteriormente, en 2005, candidato presidencial por el Humanismo y la izquierda chilena

De la certeza a la verdad


02/11/2010 - Colaboraciones
La decisión política, además de éticamente justa, ha de ser –hoy y aquí mismo- eficaz, oportuna y procedente
Enrique Cases
La democracia occidental crece en el ambiente intelectual de la Ilustración. El racionalismo europeo desarrolla de Descartes a Hegel el optimismo en el progreso racional y con la confianza en la razón como fuente de paz. En el siglo XXI no cabe esta confianza y es necesario un giro humanista. El patrón que ha entrado en crisis es –como dice MacIntyre- el paradigma de la certeza. Según este esquema teórico, la realidad no esconde misterio alguno: sus secretos se nos desvelarán progresivamente si somos capaces de utilizar la razón de un modo correcto.

Casi nadie es partidario hoy día –al menos en cuestiones políticas- de un racionalismo totalizante al estilo hegeliano, las experiencias han sido demasiado traumáticas. El rastro y el resto de ese racionalismo se da hoy en el cientifismo, que es una degeneración del espíritu científico, pero que da alas a creer que la cuestión política se resuelve de modos científicos, más que con soluciones humanistas. No caen en la cuenta de que la ciencia también está hoy en crisis. Ya no se pueden hacer las extrapolaciones a las que era tan dado el racionalismo. La supuesta transformación del mundo por medio de la ciencia y la tecnología nos ha puesto al borde de la destrucción del medio ambiente natural y frente a la amenaza de una catástrofe atómica. Las cosas no son tan fáciles como se auguraba.

Es preciso pasar del paradigma de la certeza al paradigma de la verdad, según propone Mac Intyre. El acceso a la realidad es más práctico que abstracto y a través de comunidades que ejercen el aprendizaje y la investigación. El objetivismo ilustrado olvidaba que la verdad es un perfeccionamiento del ser del hombre. De ahí que la razón siempre esté en búsqueda y los logros sean inseparables de errores y rectificaciones. Así lo explican Popper, Kuhn y Michael Polanyi. Estamos lejos de la certeza monocorde y unívoca. El paradigma de la verdad supone un uso abierto y analógico de la razón. El primer modelo no tenía incertidumbres, evitaba enfrentamientos y rectificaciones. El segundo modelo es de resultados inciertos y las soluciones continuamente están a prueba, haciéndose vulnerable. El primer modelo es una elección, el segundo requiere participación.

En la actualidad se ha roto el equilibrio entre libertad y participación  por el individualismo de modo que el crecimiento se hace problemático. Ya no se busca la vida buena sino no tener problemas. El riesgo de la verdad se ha cambiado por la seguridad de la certeza, se ha instalado en un terreno teórico y no resiste la realidad. Es necesario llegar también a una verdad práctica que depara la vida lograda. Para llegar a este puerto se debe superar el decisionismo por una lógica de la libertad, más arriesgada, pero más real; pasar de la utopía a la verdad tópica, temporalizada, no susceptible de anticipación profética, sólo de un pronóstico abierto.

La moralidad es condición necesaria, pero no suficiente. La decisión política, además de éticamente justa, ha de ser –hoy y aquí mismo- eficaz, oportuna y procedente. Este conocimiento práctico tiene que ser dialogal y volver a los orígenes de la sociedad democrática (participativa, libre y pluralista). Si la razón pública carece de esta apertura a la libertad solidaria acabará no en servir a la justicia, sino al poder, al cinismo social y la tiranía psicológica. 

Bajo la pretensión de certeza late la voluntad de dominio, se suprime la autolimitación, se ideologiza, y se mueve en el vacío social y el ciudadano decae en su protagonismo público y sólo se ve compensado con la veleidad consumista. Un humanismo cívico es un humanismo práctico, es decir, viable, hacedero, cercano a cada uno de los ciudadanos. Lo cual no rebaja su tensión hacia la excelencia, sino que propone difundirla lo más posible: proclama que la vida lograda no es patrimonio de unos cuantos selectos, sino de todos
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domingo, octubre 31, 2010

Erich Fromm

A 110 AÑOS DEL NACIMIENTO

Erich Fromm, un gran humanista

Domingo 31 de Octubre de 2010 |

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Por Santiago Furlotti
Para LA GACETA - Tucumán

Erich Fromm nació en Frankfurt, en el año 1900. Estudió sociología en la Universidad de Heidelberg bajo la dirección de Alfred Weber. Posteriormente descubrió la obra de Freud y la investigó profundamente. En 1934, tras la toma del poder por el partido Nazi, emigró a los Estados Unidos. Allí desarrolló una importante labor editorial, publicando varios libros sobre las tendencias autoritarias de la sociedad contemporánea en los que se separa marcadamente de la teoría original freudiana. Hacia 1950 se trasladó a México, dedicándose a la docencia y a la investigación. En los años posteriores se vinculó con los movimientos pacifistas norteamericanos y fue un destacado oponente de la guerra de Vietnam. Se alejó de todo apoyo al socialismo de Estado, sobre todo del modelo totalitario soviético, y criticó la sociedad de consumo capitalista. Se consideraba a sí mismo como partidario de un socialismo humanista y democrático. En el año 1965 se retiró y tras unos años de viaje, se instaló en Suiza. Murió en el año 1980.
Sus ideas
Erich Fromm publicó numerosos trabajos durante su vida. Entre ellos se encuentra El miedo a la libertad, el cual alcanzó prestigio internacional y fue reeditado numerosas veces. En esta obra magistral, el pensador alemán describe un proceso que tiene lugar en todos los seres humanos y que se puede denominar "proceso de individuación". Cuando un niño nace, deja de formar un solo ser con su madre y se transforma en un ente biológico separado de ella. No obstante, el niño permanece unido funcionalmente durante un período determinado. Los lazos que unen a un individuo con sus padres antes de que el proceso de individuación haya llegado a su plenitud, reciben el nombre de "vínculos primarios". A medida que pasa el tiempo, progresivamente comienza a darse el proceso de individuación. El sujeto se va liberando de los vínculos primarios de la niñez estableciendo relaciones (en la escuela, el club, el trabajo, etc.) con personas que no forman parte de su familia. Esta nueva situación implica una importante tarea: abrirse camino en el mundo por sí mismo como un individuo independiente, sin que mamá y papá estén brindado su protección y su cuidado. Es decir, a medida que los seres humanos crecen y de desarrollan, deben aprender a asumir su propia existencia dejando atrás el cálido refugio de los padres. Sin embargo, este proceso mediante el cual nos convertimos progresivamente en individuos independientes implica, muchas veces, soledad y angustia. Los vínculos primarios con lo padres ofrecen seguridad y protección frente al mundo circundante. Cuando estos desaparecen, el sujeto puede experimentar la incertidumbre y la soledad ante las responsabilidades que se presentan y que deben asumirse. Mientras se encontraba al amparo de los vínculos primarios ignorando las implicancias de la acción individual libre, no había razones para temer. Pero cuando alcanza la condición de individuo, se encuentra solo y debe hacer frente a todas las dificultades que el mundo presenta.
Fromm señala que, frente al proceso de individuación, pueden adoptarse dos actitudes. Una de ellas es aceptar la condición de individuo libre afrontando con madurez las dificultades que se presentan. La otra es recurrir a "mecanismos de evasión" para evitar el esfuerzo que significa asumir responsabilidades. Este segundo camino, según el pensador alemán, es bastante común en las sociedades contemporáneas como consecuencia del miedo a la libertad. El temor a ser individuos libres conduce a buscar lazos que sustituyan los vínculos primarios que se han perdido. El individuo considera la libertad como un peso insoportable y experimenta una intensa angustia. En tal situación, siente la urgente necesidad de hallar a alguien a quien pueda ceder esa libertad para que decida por él. De esta manera, siente el aparente sosiego de no tener que elegir por sí mismos. El sujeto deja de ser él mismo adoptando las pautas impuestas por la sociedad en que vive. Las diferencias entre él y el mundo desaparecen y, con ellas, el miedo, la angustia y la soledad de elegir por sí mismo. La persona se despoja de su yo individual y se convierte en un autómata, idéntico a millones de otros autómatas que lo circundan. Este comportamiento se denomina comúnmente "masificación".
Según Fromm, nuestra cultura conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de ideas originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde afuera. Aquello que la educación no puede conseguir, se intenta realizar a través de la presión social. Esto trae como consecuencia el empobrecimiento de la persona individual y el surgimiento de la debilidad y de la inseguridad. El individuo piensa, siente y quiere lo que los demás consideran que debe pensar, sentir y querer. La victoria de la libertad es solamente posible si la democracia llega a constituir una sociedad en la que el individuo, su desarrollo y felicidad constituyan el fin y el propósito de la cultura; en la que la vida no necesite justificarse por el éxito y en la que el individuo no se vea subordinado ni sea objeto de manipulaciones por parte de ningún poder exterior a él. El progreso de la democracia consiste en acrecentar realmente la libertad, iniciativa y espontaneidad del individuo, no solo en determinadas cuestiones privadas y espirituales, sino esencialmente en la actividad fundamental de la existencia humana: su trabajo.
© LA GACETA

Pablo Santiago Furlotti - Profesor y Licenciado en Filosofía de la UNSTA, investigador del CONICET.